Main menu:
Érase una vez un tesoro, un rey, una dama y unas palabras.
El tesoro fue escondido, según cuenta la leyenda, por el segundo timonel de un bucanero cruel y pendenciero que traicionó a su patrón como venganza por la masacre perpetrada en un inofensivo poblado pesquero. Esa misma noche, aprovechando la melopea de la tripulación y ayudado por sus más fieles compañeros, robó el bergantín que contenía las riquezas. En cuanto despertaron, el capitán corsario y sus secuaces persiguieron a los ladrones de los ladrones por los mares del sur, los del norte, el este y el oeste, atravesando tempestades y calmas chichas, días tórridos, noches frías, y hasta siete veces siete dieron la vuelta al mundo en su acoso. Pero ni el timonel ni sus camaradas cedieron en su empeño y, aprovechando un eclipse de sol que les sorprendió en la desembocadura de un caudaloso río africano, lograron al fin despistar a sus rastreadores. Así lograron escapar de los filibusteros pero, ¡oh desgracia!, no pudieron esquivar una misteriosa enfermedad y uno tras otro fueron cayendo los componentes de la expedición. Embarrancado en una costa solitaria, el timonel que inició la rebelión, único superviviente al extraño padecimiento, desembarcó el tesoro y hundió el barco. Las gentes del lugar encontraron al marinero tendido en la arena junto a sus riquezas, sostenido tan sólo por el más ínfimo de los hilos de la vida, y únicamente sus cuidados y mimos constantes permitieron, tras varias semanas de incertidumbre, reanimar al valeroso timonel. Cuando recuperó las fuerzas suficientes para seguir su camino no encontró razones para marcharse. Se había enamorado del lugar, de sus gentes y de una inteligente y divertida mujer a la que, tras un trabajado y prolongado proceso de conquista, lograría enamorar y finalmente desposar. Hasta aquí lo que cuenta la leyenda, porque el tiempo se encargó de extraviar cualquier referencia acerca de la composición del tesoro, de dónde fue escondido, de quién lo encontraría. Ni siquiera quedaron rastros del nombre del marinero, o el de su amada, ni del lugar en el que vivieron.
Así, la leyenda amenizó a pequeños y mayores, generación tras generación, hasta que la ambición de un joven rey le hizo creer que podría encontrar el tesoro. Mapas secretos, pistas certeras, designios astrales; los consejeros, magos y charlatanes que conformaban su corte crearon la certidumbre de su hallazgo y se financiaron numerosas expediciones con los más valerosos y hábiles soldados, quienes volvían desanimados tras meses de infructuosa búsqueda o simplemente desaparecían tragados por el desierto, la jungla o el olvido. El joven rey dejó de ser joven, pero su obsesión no declinó. Desesperado ante la cercanía de su muerte, no quiso abandonar el mundo sin ver el tesoro, y proclamó que aquél valeroso caballero que se lo proporcionara se casaría con su única hija, y con ello obtendría la llave de su reino. A la llamada, divulgada a los cuatro vientos por todos los rincones, no respondió nadie, porque nadie creyó que aquel tesoro pudiera ser encontrado.
Pero, un buen día, una joven dama entró en el castillo y ante el asombro de todos dijo:
“Que conste que lo digo con decoro:
Yo sé donde está el tesoro”.
Un silencio confuso invadió a los presentes, incluido al mismo rey, hasta que éste soltó una carcajada y, con él, el resto de su pelota corte.
“Me parece muy bien, querida mía,
aunque temo no poder ofrecerte,
(porque el cura podría entrometerse)
como premio la mano de mi chiquilla”,
respondió con sorna el rey, incrédulo ante la afirmación de la joven. Nuevas carcajadas acompañaron su ocurrencia.
“Mmmm, no estoy de acuerdo, Majestad,
aunque de todas formas no la habría de aceptar.
Porque, primero, lo del matrimonio
no es decisión suya, sino della.
Y segundo, porque, qué demonios,
no siento nada por esa doncella”,
respondió con decisión la dama, y las risas dejaron de oírse.
“Lo que sí reclamo,
y por derecho proclamo,
es que quiero para mí su Corona”.
El chasquido de docenas de espadas que desenvainaron a medio filo su furia doblaron por los recodos de la sala. El atrevimiento de la joven fue interpretado como un exceso por el séquito de su majestad, pero el rey alzó la mano pidiendo calma, y las espadas volvieron lentamente a su morada. Sus palabras estaban salpicadas de desorientación:
“¿A quién tengo ante mí, a una demente,
a una bufona o a una valiente?…
Quizás seas revoltijo de todo ello…
Pero si puedes ofrecerme las riquezas
la palabra de un rey exige nobleza,
ganarás la Corona por tu empeño.
Así que… ¿Dónde escondió el timonel el tesoro?
Dímelo ya, puñetas, que me demoro”.
La dama sonrió y, no sin cierta sorna, dijo al monarca:
“Mi rey, ha de saber
que el tesoro
nunca fue escondido
por el timonel”.
Murmullo de sorpresa, de incredulidad y de chanza. Sonrojo de algunos por la escena que se le estaba presentando a su majestad debido a la ineptitud de los que controlan los accesos. Pero, a ver, ¿quién la ha dejado pasar? El rey interrogó a la joven:
“Vaya, vaya. ¿Me estás diciendo
que ha estado a la vista siempre,
durante todo este prolongado tiempo,
ante nuestras narices, justo en frente?
Si es así, lo que insinúas, joven doncellla,
es que todos somos estúpidos o incompetentes,
lo que es mucho insinuar, aunque seas muy bella”.
El rey sonrió, nadie más se atrevió a hacerlo, y quiso averiguar qué era lo que realmente sabía aquella chica atrevida:
“Pero, salvando el atrevimiento,
ya te buscaremos un escarmiento,
hablemos sin más demora del oro.
¿Dónde está o, mejor, qué es el tesoro?”.
“Pues si su Majestad quiere saberlo,
sin más tardanza, ya mismo se lo cuento:
el tesoro del timonel fue su corazón y su libertad,
su valor y su empeño, esto es, su voluntad”.
El regente quieto y frío, con ojos muy abiertos, ajustó la corona a su testa, la capa a las espaldas, y se reposicionó en el trono.
“Pamplinas, bonita, pamplinas,
eso son sólo palabras muy finas”.
La tranquilidad de la joven doncella se vio turbada por la emoción de lo que estaba a punto de revelar:
“Ciertamente, son palabras, Majestad,
nada menos, nada más.
Pero, si a su Grandeza le parece
la leyenda podemos repasar:
El timonel huyó de los piratas
con el bergantín de las riquezas,
tratando de salvaguardar
el tesoro de su libertad.
Acabó moribundo, tendido en la arena
tras despistar a corsarios y enfermedad,
junto a su más valiosa riqueza:
su vida, su esperanza y su voluntad.
Y su tesoro siempre estuvo con él,
y lo cuidó, y lo multiplicó,
con el amor que siempre profesó
a sus amigos y a su sincero amor”.
Al rey, la historia de la joven no le logró convencer:
“Joder, niña bonita,
un poco moña
para ser tan chiquita.
Ridículo, cursi y aburrido,
Que los tesoros y riquezas
con oro o plata son fundidos”.
“Yerra, Majestad, que los tesoros
ni de plata, ni diamantes,
ni son joyas, ni son oros.
Las riquezas están hechas de sonrisas,
de besos, de te quieros, de caricias,
de acordarse de una amiga,
de preparar una cena con migas,
de jugar, de bailar y de cantar,
de la capacidad de querer al personal.
Y, vale, le reconozco
que pelín moña sí ha quedao,
que a la propia Gloria Fuertes,
creo que hasta le habría gustao.
Pero, dejémonos de tonterías, abuelete,
que te toca cumplir la palabra,
Para mí la Corona, tú al retrete”.
“¿Cómo osas mujerzuela?
¿Darte yo la Corona?
Tu desde luego sueñas,
no te la doy ni de coña”.
Y, vamos, que no quiso dársela. Pero a la joven doncella le dio igual, porque de todas formas ella era la líder de un movimiento revolucionario que, apoyado por el pueblo, logró provocar la renuncia pacífica de aquella añeja monarquía e instaurar la Democracia y una República Federal que la misma doncella presidió durante varias legislaturas (en las que, por cierto, la hija del rey, que se convirtió en íntima amiga de la joven, desempeñó con éxito diferentes carteras ministeriales).
Y colorín, colorado, este cuento,
que para Rosa ha sido creado,
aquí mismo se ha acabado.
Sergio Rozalén