Main menu:
Hoy ha sido un día largo y duro como el tobogán rojo de que hay al lado del matadero. Por la mañana contraataqué a los que ayer intentaron hacerme cambiar de equipo y, la verdad, llegaron a hacerme dudar. Cuando volví a casa no pude disfrutar debidamente de mi bocata de mortadela con aceitunas y nada más acabarme el colacao acudí al cuarto de mi hermano mayor en busca de consejo.
Javi, ¿por qué somos del equipo que somos?
Apartó la revista de su cara, se incorporó para sentarse en un lado de la cama y bajó el volumen de la radio. La pregunta parecía importante.
¿Y a ti quién te ha dicho que tienes que ser de otro equipo?
Los de mi clase me han dicho que si somos de aquí tenemos que ser del equipo de aquí, que no podemos ser del equipo de otra ciudad. Obligao.
¡Eso son chorradas!…
Puso su mano sobre mi hombro.
…Uno puede ser del equipo que le de la gana. Estamos en un país libre. Así que nadie puede obligarte a ser de ningún equipo, porque eso sería hasta ilegal, fíjate lo que te digo.
Las palabras de mi hermano mayor me reconfortaron. Pero aún quedaban ciertas dudas.
Ya. Vale. Pero, ¿por qué somos precisamente de ese equipo?
Bueno… Papá lo es, y él no es de aquí. Además, ¿tú quieres ser de un equipo que gana casi siempre o de uno que sólo gana cada veinte años?
Hombre, yo quiero ser de los que ganan.
Entonces, macho, no se hable más: no cambies de equipo.
Y dio por terminado el adoctrinamiento futbolístico. Subió el volumen de la radio, cogió la revista y volvió a recostarse sobre la cama.
Palabras sabias y rotundas de hermano mayor. Estaba claro, ya tenía suficientes argumentos para contraatacar la mañana siguiente: nadie puede obligarme a ser de ningún equipo porque sería inconstitucional (por utilizar un termino muy actual, por la cosa esa que aprobaron hace poco) y, además, yo prefiero estar con los que ganan, no con los que pierden, que no sois más que un pandilla de perdedores, ¿qué pasa? ¿Vais a saber más vosotros que mi hermano mayor?
Y los achanté, vaya si los achanté. Acudí a clase con mis pantalones de pana nuevos y mi jersey de cuello de cisne. Elegante, como en las películas de abogados, porque las discusiones con pandas de merluzos como aquellos empiezan ganándose con una buena presencia, además de con argumentos. Aunque la verdad es que me costo lo mío, toda la mañana dale que te pego con el debate. Lo malo fue que de tanto hablar, tanto hablar, la seño nos llamó la atención. Se acercó a nosotros para regañarnos, con su olor a laca y con el vestido perdidito de tiza, como siempre, y nos castigó mandándonos escribir cien veces “No se habla en clase, ni siquiera de fútbol”. Así que acabamos la tarde con el boli de cuatro colores en reserva y la muñeca hecha polvo, sobre todo uno de mis compis, que el muy burro escribió la frase con “abla” así, sin hache. Claro, la seño le obligó a escribir la frase otras cien veces. Era el que más se metió conmigo. Se lo merece, por bocazas.
Luego la rutina de todas las tardes: el pique con mi compañero de mesa para ver quien llega antes a la puerta del colegio. Lo llevamos haciendo desde hace unas semanas, y tenemos cierta polémica con la contabilización de los resultados. Él dice que me gana por uno y según mis cálculos estamos empatados. Las diferencias vienen porque yo no tengo en cuenta el día que salí un poco más tarde porque la seño me sermoneó con lo de no escribir en la mesa (aquel día fue especialmente generosa con la laca, casi me ahoga). En fin. El caso es que hoy tampoco lo voy a tener en cuenta, aunque en esto mi amigo ha sido honrado y me ha dicho que tampoco lo va a contar.
Lo que ha pasado es lo siguiente. Hemos salido como siempre: después de subir las sillas a la mesa y de rezar el Ave María hemos avanzado con pasitos cortos, esquivando mesas y compañeros, como disimulando para que la seño no nos llamara la atención. Una vez en el pasillo hemos corrido en plan eslalon, bajando las escaleras de tres en tres hasta llegar al patio. En este tramo suelo conseguir cierta ventaja, ya que a mí se me da mejor el zigzagueo que ha él, pero él lo compensa con una mayor punta de velocidad que suele aprovechar en el tramo final, espacio más abierto y con menos obstáculos. Sin embargo, yo había conseguido hoy suficiente ventaja a la entrada del patio y ya parecía que tenía la victoria segura cuando, a punto de llegar a la puerta, me fijé en una pelea que había en medio del campo de futbito. Eran dos mayores, de los más mayores, y… ¡uno de ellos era mi hermano! Ni lo pensé, me dejé llevar por mi instinto. Para sorpresa de mi contrincante, me crucé delante de él, renunciando a la victoria en la carrera, y corrí hacia la pelea. Dos, tres, cuatro zancadas, lancé mi cartera a un lado y ¡zas! salté sobre la chepa del agresor. No me importaba que fuera siete años mayor ¡Estaba zurrando a mi hermano, a mi guía, a mi líder espiritual! Con un brazo me agarré a su cuello y con el otro, con el puño cerrado, dejando sobresalir el nudillo del dedo corazón, empecé a soltar coscorrazos una y otra vez sobre el cogote del enemigo, que a base de zarandeos y sacudidas trataba de zafarse de mí, pero sólo conseguía que me agarrara aún con más fuerza a su cuello, aferrándome con rabia a una de sus orejas. Tuvo que ser mi propio hermano el que me separara de aquel tipo que empezaba a quejarse sensiblemente.
¡Sergio, Sergio, para!
Me apartó, no sin dificultades, y aún tuve tiempo de soltarle un par de pataditas en la espinilla, de esas que escuecen, de las que hacen pupa. Fue entonces cuando me di cuenta: mi hermano se estaba riendo. También sus amigos, que estaban alrededor. El único que no se reía era el que había sufrido mi embiste. Resulta que en realidad no se estaban peleando, sino que habían estado bromeando, cogiéndose el uno al otro del cuello. Entonces me vino ese bochorno que invadió mis mejillas. Siempre me delata cuando tengo la más mínima sensación de embarazo, poniéndome la cara roja como un tomate, y en ese momento sentía mucha, muchísima vergüenza. ¡Mecachis! ¿Quién puñetas me había creído, John Wayne, Chuck Norris? Pero… un momento. No, mi hermano me estaba abrazando, me agarraba con fuerza de los hombros y decía cosas como “¿Habéis visto como es mi hermano?”. ¡Vaya! ¡Estaba orgulloso de mí! A pesar de la confusión, había salido a defenderle como un valiente y mi hermano mayor se sentía orgulloso de mí, y sus amigos en realidad se estaban riendo del supuesto agresor de mi hermano... Entonces miré hacia la puerta del patio. Allí estaban algunos de mis compañeros de clase. Y, bueno, algunas de mis compañeras. Estaban con la boca abierta, habían presenciado mi acto heroico, habían visto como no me importaron mis escasas posibilidades de éxito a la hora de enfrentarme a aquel tipo, todo un mayor. Con un par. Empecé a sonreír, como diciendo “Perdón, es que a veces no me contengo”. Mi hermano y un par de sus amigos me felicitaron, le pedí amablemente disculpas al tipo al que le arreé los mamporrazos, agarré mi cartera, me giré hacia la puerta y comencé a andar. Flotaba. El mundo se movía más despacio, el murmullo de la calle y el griterío de la salida del colegio habían desaparecido, sólo escuchaba mi respiración y sonreía, una sonrisa enorme llenaba mi cara, una de esas de satisfacción, de orgullo, casi podría decir que hasta de arrogancia. Me reuní con mis compañeros de clase, quienes me felicitaron por lo sucedido pero yo no le di importancia. Nos fuimos al parque que hay al lado del matadero a jugar a las canicas y después de unas partidas me separé del grupo y me subí al tobogán rojo. Sentado en lo alto pensé “Vaya, tengo hambre”, me lancé por la rampa y vine corriendo a casa. Me esperaba mi madre (que estaba muy guapa porque ha estado en la peluquería haciéndose la permanente) con mi bocata de mortadela con aceitunas (hoy ha tenido extra de queso). Después del colacao me he puesto a escribir esto, que no quiero que se me olvide.
Sergio Rozalén