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La Puta y el Culebra

I

Maria Nuria Pons i Carbonell, hija de una acomodada familia de Barcelona, nació un miércoles de octubre de 1874. Fue una niña despierta e inteligente que deslumbró a familiares, conocidos y maestros por su precocidad e ingenio. Al crecer un poco más añadió un nuevo rasgo a su personalidad, que no fue otro que el de su promiscuidad y adicción al sexo, convirtiéndose en amante simultánea de diferentes pro-hombres de la aristocracia y burguesía catalana, prestando también la merecida atención a otros estratos sociales menos ostentosos pero no por ello menos vigorosos. Los escándalos se sucedieron, elevando el bochorno que debía sufrir su familia hasta límites inaguantables, lo que terminó por obligar a tomar una drástica decisión: desterrarla. Lo decidieron una bonita mañana de mayo de 1893, miércoles seguramente, y Maria Nuria Pons i Carbonell aceptó con ilusión la resolución, ya que se le empezaba a quedar pequeña la región, siempre ardió en deseos de viajar y tener nuevas experiencias. Así que, con el apoyo económico de su familia, inició un tour europeo que le llevó a recorrer en un desenfrenado y libertino viaje ciudades como Milán, Roma, Atenas, Budapest, Bucarest, Varsovia, Moscú, Estocolmo, Cophenage, Amsterdam, Berlín, Viena, Praga, Bruselas o Londres. Llegó a París con veintidós años recién cumplidos (1896), después de haberse tirado a media Europa sin ningún tipo de distinciones sociales, religiosas o raciales, tanto daba un príncipe cosaco como un deshollinador belga, un burgués protestante como un cabo primero indio y anglicano. La paciencia y el apoyo pecuniario de su familia se habían acabado y lo que hasta ese momento había sido un entretenimiento desinteresado pasó a ser una profesión generosamente remunerada. Fue contratada, gracias a la fama que le precedía, en el “L’Amour Rouge”, probablemente la mejor casa de putas de todo el continente. Durante años desempeñó una profusa y recordada labor entre las personalidades europeas más destacadas, distinguida cartera de clientes habituales entre los que podía encontrarse miembros de monarquías, presidentes de república, políticos de diferentes partidos, militares de las más altas graduaciones, escritores de renombrado prestigio, concienzudos filósofos, poetas brillantes, catedráticos de universidad o exploradores y aventureros de leyenda. En horas de trabajo debía ceñirse a satisfacer a los clientes que podían costearse el elevado precio de sus servicios, pero, como ha sido aclarado anteriormente, el carácter de Maria Nuria Pons i Carbonell era abierto y campechano, y fuera de su jornada laboral se entregaba a complacer de forma solidaria y gratuita a gente de cualquier condición social o intelectual.


II

Ricardo Gil Iribarne nació un jueves de noviembre de 1877 en una pequeña aldea cercana a Pontevedra, tercer hijo de una humildísima familia campesina que emigró a los Estados Unidos con la esperanza de encontrar un futuro mejor para su descendencia. Ricardo, que cumplió trece años en el barco en el que cruzó por primera vez el Atlántico (1890), además de adaptar su nombre a “Ricky the Snake” (Ricky el Culebra) por su innata curiosidad por las serpientes, se mostró como un chico hábil con los idiomas, las pistolas y las cartas, lo que a la larga le provocó una serie de altercados que le obligaron a huir del estado de Arizona para evitar la horca o el linchamiento (fue hacia finales de 1898 o principios de 1899 el jueves que se despidió apresuradamente de sus padres). Durante unos años sobrevivió con dignidad y holgura como tahúr casi honesto, cambiando de nombre, apariencia y caballo en función del estado, la ciudad o el viento que visitaba. Pero, debido a la comprensible confusión por tanto ajetreo de identidades, una noche de marzo de 1905 (jueves) llegó a una ciudad que no recordaba, con la combinación de nombre, apariencia y caballo inadecuada. Se encontró en aquella población con un pequeño chaval de dos años, que resultó ser oriundo de su Galicia natal, curiosa coincidencia si no hubiera sido porque la paternidad de aquel pequeño le correspondía a él mismo, fruto de una relación que no terminaba de recordar con la hija del tendero más acaudalado de la ciudad. El suegro no se tomó a bien el reencuentro con su yerno, y juntó a un grupo de compañeros para dar un mensaje a su casi hijo político a las afueras de la ciudad, bajo un frondoso roble y con una gruesa soga como parte importante del recado. Después de un breve apaleamiento que le dejó como marca más significativa un profundo corte en la mejilla derecha, los apresurados linchadores cumplieron con el trámite del ahorcamiento sin demasiada minuciosidad, porque se estaba haciendo tarde y más de uno ni siquiera estaba seguro de la razón del ajusticiamiento de aquel individuo. El apremio y la desgana con que se tomaron tan peculiar verbena no permitió a la turba presenciar el posterior desgarrón de la soga utilizada en mil y un linchamientos, rotura que mejoró sensiblemente las condiciones respiratorias del ajusticiado y que le permitió huir del lugar. Después de aquel desafortunado y sin embargo afortunado incidente las ocupaciones del Culebra no llegaron a recuperar saludes pretéritas, y durante otros tantos años vagabundeó con suerte esquiva por diferentes estados, añadiendo a su currículo vital quehaceres tan dispares como el de charlatán, vendedor de pócimas medicinales, atracador de diligencias, médium, presentador de circo, boxeador, pistolero a sueldo o cazador de bisontes. Entre tanta y tan desafortunada actividad le entró morriña por aquella tierra que le vio nacer y decidió esperar el siguiente golpe de fortuna para reunir un capitalito y regresar a España. Ese golpe se materializó en un robo a un banco que salió sólo medio bien, y después de una rápida visita para despedirse de sus padres y hacerles partícipes de parte del botín se enroló en la tripulación de un barco carguero de bandera italiana que le llevaría de vuelta a su re-encontrada patria. Cuando dejó atrás el puerto de Nueva York después de 20 años de haber llegado a América, Ricardo Gil Iribarne hablaba un español con un acento que mezclaba un tono confusamente gallego con dejes anglosajones, dejó sembrados los estados de la Unión con un número difícil de determinar de hijos con coristas, primogénitas de tenderos o mujeres de sheriffs, y circulaban diferentes ordenes de busca y captura con su correspondiente recompensa en siete u ocho estados, incluyendo alguno de México, con lo que seguramente se convirtió en el gallego más buscado de toda Norteamérica.

III

Ricardo Gil Iribarne y Maria Nuria Pons i Carbonell se conocieron en Barcelona en junio de 1913 (una tarde de jueves o de miércoles, difícil precisarlo). La ramera se encontraba en la capital catalana visitando a su madre en una de tantas visitas de incógnito que la hija hacía a una familia que llevaba años pasando por un mal momento económico (ahora era la vergonzante hija la que apoyaba monetariamente a sus parientes). El tahúr llegó a Barcelona a disputar una serie de partidas de póquer con varios industriales catalanes y a disfrutar de una ciudad que todavía no conocía. Los dos se hallaban en un parque cerca de la Estación de Francia cuando se encontraron. Ricardo Gil Iribarne se sorprendió al ver como una señorita tan bella y elegante disfrutaba de la tarde sentada en un banco sin la protección de la correspondiente sombrilla, dejando que su piel, tersa y delicada, gozara de la caricia de los rayos del sol, costumbre tan inaudita y tan poco de moda para una mujer de su clase. Con una elegancia curtida por el juego, las aventuras y el océano, se quitó su extraño sombrero y se dirigió hacia la dama con su voz de hechicero, susurrándole algo que tenía que ver con el sol, con su piel y con su pelo. Ella abrió los ojos y, después de unos segundos en los que se vio deslumbrada por el sol, miró de arriba abajo al singular caballero con una cicatriz en su mejilla derecha. Pasearon por el parque durante dos largas horas, hasta que la noche hizo recomendable dirigirse a algún restaurante cercano para seguir con las conversaciones que se cruzaban y seducían, ella explicando sus sueños revolucionarios, sin ocultar su vida licenciosa y alborotada, él contando sus aventuras y sus desventuras. Cerraron el restaurante y decidieron continuar con la interesante plática en un local con música, vino y alboroto. Después del tercer cabaret, ya no quedaba en la noche de Barcelona más lugares abiertos, y la velada acabó con un delicado beso de Ricardo Gil Iribarne en el dorso de la mano de Maria Nuria Pons i Carbonell. A la mañana siguiente ella se despertó sonriendo en su cama, recordando la intensa noche vivida, cuando de repente se dio cuenta de algo importante: no se había acostado con aquel hombre. Después de tantos años de deseo y de libertinaje no recordaba en su currículo un caso similar, ya que hasta los curas a los que rara vez acudía para calmar su conciencia acababan entre sus piernas. Por este significativo dato supo que el hombre con el que compartió tan inolvidable velada iba a ser alguien muy especial para ella. Para él la noche no fue menos singular. Él tampoco acostumbraba a dejar pasar oportunidades de cama, sobretodo si la acompañante era una meretriz confesa. Pero durante todas las horas que compartieron ni siquiera se le pasó por la cabeza el acostarse con ella, y el beso que le dio en el dorso de la mano fue una sincera despedida con la esperanza de volver a verla a la mañana siguiente.


Sergio Rozalén




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